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26/2/15

Carta pública



Fotografía de Arturo Campos.



Celebrar los 80 años del escritor mexicano Fernando del Paso, a través de la invitación que me hiciera Rodrigo Castillo para escribir un ensayo sobre la novela “José Trigo”, en el número 200 de la revista “Tierra Adentro”, significó también compartir la incomprensión que acumula este novelista y particularmente su primer libro. A pesar de que la revista expresa que “los textos firmados son responsabilidad de su autor” y que “los editores no comparten necesariamente el punto de vista de los autores”, mi ensayo “Tres tristes trenes y tres tristes trigos” fue modificado sin tomar en cuenta mi opinión. Las modificaciones son graves considerando el contexto político y literario que vive nuestro país; las referencias específicas a Fernando del Paso, quien durante la pasada FIL de Guadalajara manifestó sus convicciones éticas, su apoyo a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa y su repudio a un momento en que Enrique Peña Nieto quiso apropiarse de la consigna “Todos somos Ayotzinapa”. La intervención de Fernando del Paso, en un ciclo de homenajes a propósito del centenario de Octavio Paz, giró en torno a una faceta poco recordada: aquel que abandonó todo por convertirse en maestro rural, el fervoroso que no dudó en viajar a Madrid y tomar partido con los republicanos, el que renunció a su cargo de embajador luego del 2 de octubre de 1968. No es el único Octavio Paz, pero en esa imagen, a mi parecer, cifra Del Paso una lección y un mensaje insobornable a los escritores mexicanos y de qué forma.

Esto escribí en mi ensayo, describiendo el hecho que quedó registrado en la fotografía de Arturo Campos:

Pertenece a la realidad la imagen de un hombre de casi ochenta años, en silla de ruedas, que por un instante cambia su exquisita camisa a rayas violeta y corbata púrpura por una playera, en la que debajo de la caricatura de un copete, se lee: “¡No mames Peña Nieto!”. El mismo hombre minutos antes dijo: “En marzo del año pasado sufrí una serie de infartos que dificultan mi movilidad y habla; sin embargo, quise venir a este foro para solidarizarme con los padres de los 43 normalistas y pedirle a Peña Nieto que no se engañe, porque todos somos Ayotzinapa”. La primera imagen bien podría cifrar la novela José Trigo; la segunda, al escritor Fernando del Paso. ¿Qué puede saber él de una colectividad negada que hoy se llama Ayotzinapa?


Pero lo que publicó Tierra Adentro, en febrero de este año, en versión impresa y web, aparece así:

Pertenece a la realidad la imagen de un hombre de casi ochenta años, en silla de ruedas, que por un instante cambia su exquisita camisa a rayas violeta, corbata púrpura y saco negro por una playera de protesta. Minutos antes el hombre dijo que había sufrido una serie de infartos que ahora dificultaban su movilidad y habla, pero que necesitaba solidarizarse con los padres de los cuarenta y tres desaparecidos de Ayotzinapa. La primera imagen bien podría cifrar la novela “José Trigo”; la segunda a Fernando del Paso.

Como se aprecia fue omitida la descripción de la fotografía referida y borrada la cita literal de lo dicho por Fernando del Paso. Y más todavía, fue mutilada la pregunta central que pretende contestar mi ensayo: “¿Qué puede saber Fernando del Paso de una colectividad negada que hoy se llama Ayotzinapa?”.

Es importante aclarar que hasta mediados de enero de 2015, y en el cruce de correos con Rodrigo Castillo, director editorial de la revista, el primer párrafo se mantuvo inalterado. Lo mismo en la respuesta, del 19 de enero, del redactor Joaquín Guillén Márquez. Ignoro quién decidió alterar mi ensayo, pues durante el proceso de edición no hubo ninguna sugerencia de cambiar el párrafo en cuestión.

¿Por qué en sintonía con el bombardeo neutralizador de los medios de comunicación (televisión, radio, prensa y redes sociales, con peñabots incluidos) se vuelve un tabú mencionar a Enrique Peña Nieto y Ayotzinapa en una misma frase? Es empobrecedor que un programa editorial de una institución cultural pública, apartidista, abierta y democrática no pueda brindar un espacio libre y crítico a escritores y lectores. Lo repetiré, se trata de un programa editorial enfocado a los escritores y lectores jóvenes. ¿Esta es la línea editorial que se plantea? ¿Escritores y lectores jóvenes indolentes, ensimismados y dóciles? ¿Ideas sin conexión con la realidad y sin riesgo? No se trataba de un capricho ni un pretexto. A grandes rasgos mi lectura de la primera novela de Fernando del Paso se propone definir al personaje José Trigo a partir de su andamiaje náhuatl, como el complejo numen Ometéotl que a través de sus distintos atributos o nombres da cuenta, en lo simbólico, de una colectividad negada a lo largo de la historia de México. De ahí el énfasis de “José Trigo” en la Revolución Mexicana, la guerra Cristera o el movimiento Ferrocarrilero de los años cincuenta. “José Trigo”, publicada en 1966, fue una profecía sobre la masacre del 2 de octubre del 68 en el centro fundacional de Nonoalco-Tlatelolco. Eso es lo que sabe Fernando del Paso de una colectividad negada y lo que puede leerse en sus otras novelas, en su obra periodística o en su faceta de artista visual, pienso en su obra “Las mujeres sin rostro de Ciudad Juárez”. Ha sido simplista leer a Fernando del Paso desde lo formal, como el autor de una prosa insigne plena de imaginación y poderío verbal, cuando en el contenido de sus novelas puede decirnos tanto en nuestros días. Conoce la historia, pero la sabe una estatua ecuestre, efeméride, mausoleo resguardado en el duro acento de la voz oficial y la legitimación del poder, de los héroes nacionales mal digeridos en el imaginario de nuestro país. La escritura le permite el trazo de personajes arquetípicos puestos en un ajedrez oracular, la clave en su jugada es la verdad simbólica, la de la recapitulación, la que puede ser vuelta a imaginar y ofrecer al espejo de la identidad nacional una mirada inédita, conciencia y entendimiento. No quimeras, no entelequias, no abstracciones, no torres de marfil, la negación de las injusticias atroces de nuestro país, el no poder hablar de las cosas con nombre y apellido, la pasividad frente a la censura y el escamoteo es la complicidad perfecta de un poder absoluto que se ejerce a través de las vías democráticas.

Más allá de un posible despiste en la edición final o una interpretación sesgada de mi ensayo, o la mano invisible del poder extendida a los actos individuales, bajo cualquier hipótesis estos hechos reducen aún más los espacios de reflexión y nos conducen al pensamiento uniforme, banal e intolerante.

Mi admiración a Fernando del Paso, a su honestidad y ética, en lo literario y extraliterario. Mi admiración a los padres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, por su ejemplo en no ceder a la manipulación ni al miedo.

En todas las trincheras la realidad nos pide afirmar nuestra verdad.


Sergio Ernesto Ríos

Ciudad de México, 23 de febrero de 2015.





29/11/12

CATNIP de Xitlalitl Rodríguez Mendoza/ Gabriel Martínez Bucio




Desde las primeras páginas de Catnip (Colección La Ceibita, Tierra Adentro) sospeché que existía la posibilidad de convertirme en objeto de una ironía o una crítica sutil. Continué leyendo con cuidado mientras recordaba que Xitlalitl Rodríguez (a.k.a. Sisi) tiene la facilidad de dislocar al lector y ponerlo en un continuo estado de vigilia.

Decidí continuar y admití que el gato es un gran animal (sacudiéndome cualquier atisbo de alergia personal ((no sé si los gatos no me caen bien porque no me agradan o si no me agradan porque no les caigo bien))). Es casi un espectro inventado por la literatura y no por la naturaleza, un interesantísimo felino, siempre paseándose en la lontananza de la vida cotidiana:

¿Qué objetos diminutos realizan
la danza de los cables deshechos,
de las pelusas entre sus garras?
¿Qué se mueve lejos del día?

Sólo ellos saben, misteriosos observadores.

En la época medieval el hombre buscaba el ejemplo de los animales y contemplaba su actividad para ponerla en relación con su propia visión del mundo. Hay una sentencia del Bestiario Medieval, de Ignacio Malaxecheverría, que se podría aplicar a este poemario: "el animal es lo impenetrable y lo extraño, excelente razón para que el hombre proyecte en él sus angustias y sus terrores". En efecto, la virtud de Catnip consiste en que sea un gato el animal elegido. Un perrito jamás es extraño, un perico de ningún modo es impenetrable. Pero el gato siempre escapa elegantemente de cualquier definición. Y probablemente sea el animal más poético de la historia; basta mencionar su aparición con los grandes: Baudelaire, Tzara, Cortázar, Vallejo, Wilde…

Los gatos de Xitlalitl sirven como filtro, como una "puerta desvencijada […] o una especie de ventana hacia el claro", son el paréntesis necesario para proyectar la realidad. Su presencia es una delgadísima neblina que todo lo vuelve de alguna forma, a veces lúdica y otras terrible. Incluso uno llega a imaginar que las mismas letras son gatunas: “Ésta, como casi todas las historias sobre gatos, tiene como personaje principal a una sinalefa”, “he muerto y lo contrario varias veces”. Este humor fino, felino, recorre los versos imitando el delicado andar de los gatos sobre libreros. Sin embargo, los versos no se quedan únicamente como un juego de libre asociación. El hecho de invertir el sentido original de las frases mantiene una lógica que no le es necesaria al entendimiento. Pensemos en el verso "los hombres son injustos con los gatos porque la curiosidad mató a Orfeo", donde se establecen nuevas correlaciones poéticas. Las conexiones han sido disparadas en distintas direcciones por medio de un guiño, de un extrañamiento. Ahí es cuando el lector se siente dislocado: “la curiosidad mató a Orfeo”. Xitlalitl Rodríguez concentra la atención del lector en un punto y a la mitad de la frase (o del aliento) invierte el sentido permitiendo nuevas lecturas y significaciones. En Catnip, se tuerce la lógica convencional para obtener infinitas posibilidades poéticas.

Estos efectos los ha trabajado durante algún tiempo Xitlalitl. Recordemos que su columna en Milenio se llamaba Dealers que no me maten, haciendo referencia obviamente al cuento de Rulfo: “Diles que no me maten”. Incluso desde el título de su primer libro Polvo lugar jugaba irónicamente al cambiar la “n” por una “g”.

La segunda parte del poemario comienza con la catástrofe nuclear de Fukushima ocurrida hace algunos años: "Vamos por Tokio/ protegiéndonos/ la médula espinal/ con papel aluminio./ Niños/ e hikikomoris/ yacen/ en partes/ sobre cualquier/ lugar y no/ los vemos./ El fin del/ mundo/ es una moda/ no caduca,/ cada quien/ ve uno, por/ lo menos./ Un grito,/ un gemido,/ un sollozo,/ tantas/  pruebas de vida/ tan poco/ que las valide". Son un eco roto de aquellos versos de T.S. Eliot: "this is how the world ends, not with a bang, but a whimper". En verdad somos los hombres huecos; tragedias que nadie voltea a ver más que en los segundos que salen en la pantalla del televisor. Al ritmo del zapping o de los versos entrecortados del poema. Pero todos preocupados por las profecías mayas del 2012. ¡Cuánta hipocresía de nuestra parte! Estos versos funcionan como epitafios; nos recuerdan la indiferencia que mostramos ante lo sucedido en Japón, un lugar que –como bien insinúa Xitlalitl–, parece un planeta distinto al nuestro, un sitio que está tan estúpidamente lejano. En verdad, ¿quiénes son los que se están muriendo de a poco?

Pero mi parte favorita es la última, el homenaje a Robert Walser, aquel escritor y poeta suizo que se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico, y que ahora Siruela ha puesto a nuestro “alcance”.

Una cita de Walser abre la tercera parte del poemario y esconde tras la sutileza de las letras, un rastro amargo: “Edith lo ama. Luego volveremos sobre ello”. Como si al final de una historia de amor, el narrador agregara “sí sí sí, lo ama, pero no es de gran importancia, después volveremos, tranquilos todos, hay cosas más importantes”; como si el lector de Catnip después de haber pasado por gatos sobrevivientes de Stalingrado, por gatos exiliados, por familiares de gatos muertos, por Fukushima y sus restos de gatos por las calles, esperara una recompensa que no llega ni siquiera cuando se ha confirmado que alguien ama en este mundo.

Xitlalitl ha escogido precisamente un verso que imita el comportamiento gatuno: en un primer momento se acerca a lamerte la mano (Edith lo ama), a entregarte una muestra de afecto y después del punto-y-seguido se aleja indiferente, sin explicaciones (luego volveremos sobre ello).  Sin embargo, el homenaje continúa, debe continuar: “leche negra, noches blancas, nieve oscura”: es el gato que se pasea por las teclas de un piano y al llegar a las notas graves evoca la presencia de Paul Celan, Dostoievsky y Villaurrutia. Los fantasmas se han reunido para asistir al homenaje del verdadero maestro de Kafka. Un collage poético, donde Xitlalitl Rodríguez deja hablar a los muertos a través de su pluma. Pero el lector conoce la triste historia de Robert Walser y espera el golpe. Todo el poemario fue un presagio que lo ha preparado para el final desolador:

Edith lo ama.
Y sólo volvió
a la blancura de la joven
salina con sus ojos
muertos bajo la nieve,
con el costado roto por
la vida en la calle.
Edith lo ama, Robert Walser.
Usted nunca volvió sobre ella
ni sobre los vidrios rotos
de un hospital abandonado.